Soy psicólogo general sanitario y analista transaccional, una orientación terapéutica con raíces en el psicoanálisis y la psicología humanista. Cuento con un MSc en Psicología de la Personalidad por la Universitat de Barcelona y formación especializada en mediación y negociación, con un máster de dos años y un curso de experto impartidos por el IL3. Actualmente continúo ampliando mi formación y, a partir de marzo, iniciaré un curso de experto en trauma y resiliencia en el ISEP.
Acumulo más de ocho años de experiencia clínica, durante los cuales he acompañado a personas con perfiles y trayectorias muy diversas: mujeres y hombres, jóvenes y adultos, en catalán, castellano e inglés. Mi práctica incluye tanto terapia individual como terapia de pareja, con especial atención al desarrollo de dinámicas de comunicación asertiva y consciente.
Además del trabajo en consulta, he diseñado, coordinado e impartido talleres grupales dirigidos a colectivos diversos, incluyendo personas en diversidad afectiva, de género y funcional, así como personas neurodivergentes. Estos espacios han estado orientados al autoconocimiento, la gestión emocional y la mejora de las relaciones interpersonales.
Mantengo una formación continua, tanto académica como autodidacta, en áreas que considero fundamentales para una práctica clínica rigurosa y actualizada, como la perspectiva de género, la diversidad afectiva, sexual y funcional, las relaciones conscientes, y el abordaje del trauma y del duelo.
Asimismo, me he formado en técnicas complementarias como la hipnosis, la sofrología y el EMDR, a través de cursos realizados en el Colegio Oficial de Psicología y en el Centro Eric Berne, donde completé el máster en Análisis Transaccional.
Concibo la práctica psicológica desde un enfoque ético y socialmente comprometido. Considero que la salud psicológica es un derecho fundamental y no un privilegio, y que el acceso a una atención terapéutica de calidad debe ser lo más amplio y equitativo posible. Este principio guía tanto mi forma de trabajar como los espacios profesionales y colaborativos en los que elijo desarrollarme.
Llegué a Barcelona desde Chile junto a mi familia en 1985. Desde entonces, Sant Andreu de Palomar ha sido mucho más que un barrio: ha sido mi hogar, el lugar donde crecí, me formé y aprendí a mirar la vida. Es el sitio al que siempre vuelvo cuando necesito parar, pensar y volver a lo esencial.
Mi camino profesional comenzó en la Filosofía, licenciándome en 2005, movido por una pregunta que todavía hoy me acompaña: qué significa ser humano. A lo largo de los años he seguido ampliando mi mirada con un máster en Estudios Internacionales (Bilbao, 2012) y otro en Mediación y Gestión de Conflictos (2015), convencido de que comprender al ser humano implica entender también sus contextos, relaciones y tensiones. Los años me han enseñado que no se puede entender lo humano si no se abraza su dimensión espiritual. Lo espiritual es el asombro frente a la vastedad y diversisdad de la vida y de la experiencia subjetiva. Al final, para mi, lo espiritual es lo único por lo que vale la pena realmente la vida.
Creo profundamente en el valor del pensamiento consciente y metódico como base de la autonomía personal. Pero también sé que pensar no lo es todo. La experiencia humana no vive solo en las ideas: se expresa en el cuerpo, en las emociones, en aquello que muchas veces no sabemos poner en palabras. Cuando damos al pensamiento un lugar absoluto, corremos el riesgo de olvidar que las ideas son herramientas, no fines. A esto lo llamo “especular con la cabeza”.
Las personas no somos herramientas: somos fines en nosotros mismos. Por eso, para mí, el trabajo terapéutico se basa ante todo en la conexión humana. El psicólogo no puede limitarse a aplicar técnicas; debe implicarse como persona, responsabilizarse de su propio desarrollo y cuidar las rutinas y prácticas que sostienen su equilibrio.
Desde esta mirada, no concibo la psicología como una profesión que se ejerce poniéndose y quitándose un uniforme. No dejamos de ser personas cuando trabajamos; al contrario, trabajamos precisamente desde lo que somos. Esa presencia auténtica es, para mí, el verdadero espacio terapéutico.
Sigo creyendo —quizá hoy más que nunca— que la psicología puede transformar el mundo. Y que todas las profesiones, cada esfuerzo humano, deberían orientarse hacia un mismo horizonte: construir una sociedad un poco más consciente, más justa y más capaz de cuidarse mutuamente.
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